Revista Internacional de Investigación en Adicciones 2016 Vol. 2 (1)
ISSN versión impresa: 2448-573X
ISSN en línea: 2448-6396
DOI: 10.28931/riiad.2016.1.01

Editorial

Consumo de alcohol en mujeres adolescentes: un llamado a la acción para países de mediano y bajo ingreso

Carmen Fernández-Cáceres 1

1 Directora General. Centros de Integración Juvenil, A.C., México

Carmen Fernández Cáceres. Centros de Integración Juvenil, A.C. Tlaxcala núm. 208, sexto piso, col. Hipódromo, del. Cuauhtémoc. C.P. 06100, Ciudad de México

La evidencia epidemiológica ha señalado que el alcohol es la sustancia psicoactiva más consumida por los adolescentes, debido a factores como su aceptación social, su legalidad y su fácil accesibilidad; asimismo, el consumo en hombres adolescentes es proporcionalmente mayor en comparación con las mujeres de la misma edad, pero existen reportes que señalan que el uso de alcohol en las adolescentes ha presentado incrementos a través del tiempo (Degenhardt, Stockings, Patton, Hall, & Lynskey, 2016).

La ingesta de alcohol entre las jóvenes ha dejado de ser una conducta poco usual, para convertirse en un problema emergente que trae consigo consecuencias matizadas por características biológicas y roles de género. Recientes publicaciones científicas se han enfocado en discutir el estatus de la evidencia relacionada con el consumo de alcohol en adolescentes y adultos jóvenes (Degenhardt et al., 2016; Hall et al., 2016; Stockings et al., 2016).

¿Por qué motivo las mujeres adolescentes han aumentado su consumo de alcohol? No es posible dar sólo una respuesta a esta interrogante, ya que la ciencia ha empezado a hacer hallazgos que señalan que son muchos los factores asociados con este consumo, entre ellos elementos socioculturales, biológicos y psicológicos. El cambio en las tradiciones, normas y valores que ha otorgado a las mujeres acceso a mayores oportunidades pareciera también haber traído consigo una exposición a conductas de riesgo como el consumo de alcohol (Hernández & Galván, 2011). El rol tradicional de la mujer ya no es el mismo, se ha insertado en campos económicos y laborales que le han permitido otro tipo de interacción social (Moreno, 2011). Podría hipotetizarse entonces que las mujeres se están acercando al rol masculino, creando una especie de convergencia con él (Romero, 2011). Bajo esta óptica, beber alcohol podría representar una forma en la que las mujeres están reafirmando su libertad personal y la capacidad de tomar sus propias decisiones.

Tener pareja también parece ser un factor de riesgo para que las jóvenes tengan ofrecimientos de consumo de alcohol. Booth, Marsiglia, Nuño-Gutiérrez y García Pérez (2014) encontraron que tener una pareja se asocia con un mayor número de ofertas para consumir alcohol en las mujeres adolescentes, relación que no se presenta con tanta claridad en el caso de los varones. Los autores señalaron como posible explicación de estos hallazgos, los papeles cambiantes que juega la mujer en la sociedad actual y el hecho de que los ambientes en los que una adolescente se desenvuelve al tener una pareja son también en los que de forma regular ocurre el consumo (como fiestas o reuniones).

Los trastornos mentales parecen tener una influencia significativa en el uso de esta sustancia: se ha demostrado que la depresión, los intentos de suicidio y el desajuste ante las demandas ambientales son factores ligados al género que aumentan las probabilidades de padecer trastornos por consumo de alcohol (Foster, Hicks, Iacono, & McGue, 2015).

Las consecuencias de la ingesta de alcohol en las jóvenes tienen particularidades determinadas por género y edad. A nivel cerebral, las adolescentes que beben alcohol de forma explosiva presentan alteraciones en las regiones frontales izquierdas del cerebro, ligadas a problemas visoespaciales, de inhibición y de atención (Squeglia et al., 2012). A nivel psicosocial, el consumo se asocia con un incremento en el riesgo de sufrir violencia física y sexual por parte de la pareja (Buzy et al., 2004); además, representa una fuente de posible estigma a causa de la “transgresión” de los roles tradicionalmente femeninos que señalan que las mujeres no deben consumir (Romero, 2011). Esta estigmatización resulta paradójica: aunque las adolescentes consumen como una forma de liberación y expresión de la propia autonomía, el uso de alcohol genera en ocasiones una mayor violencia hacia ellas, que se expresa en forma de invisibilización de su problemática y, por ende, en falta de opciones de atención diseñadas e implementadas de acuerdo con sus necesidades.

Los hallazgos aquí vertidos constituyen sólo un breve panorama de la problemática emergente que representa el consumo de alcohol por parte de las adolescentes, dado que la cantidad, la calidad, la regularidad y la consistencia de información es todavía limitada, en particular fuera de los países de altos ingresos (Degenhardt et al., 2016). El estudio del consumo de alcohol en los adolescentes representa un tema de vital relevancia en la agenda de la salud pública mundial, más si se focaliza en aspectos contextuales, económicos y culturales de las mujeres adolescentes de países de bajo y mediano ingreso; diversos estudios comparativos han reportado que estas adolescentes, frente a sus pares de países de alto ingreso, presentan menos años de estudio, tasas más elevadas de matrimonio y embarazo adolescente (Stockings et al., 2016), así como una mayor exposición a la violencia de género (Decker et al., 2015).

Al considerar la escasez de la evidencia científica publicada sobre mujeres adolescentes de países de bajo y mediano ingreso (Patel, 2007), es clara la obligación de incentivar y promover el desarrollo de estudios en dichos países. No obstante, un desafío rector es el acceso limitado a fondos para la investigación científica que, por su exigencia metodológica, es costosa. Debido a esta barrera, el impacto es mayor en materia de prevención y tratamiento, campo en el que se corre el riesgo de implementar programas descontextualizados, lejanos a la realidad social y cultural, o bien, de realizar un ejercicio equivocado al extrapolar los resultados positivos de estudios provenientes de poblaciones y contextos correspondientes a países de alto ingreso. Al replicar estudios previos, se deberían integrar metodologías que permitan generar adaptaciones biopsicosociales que incluyan el análisis entre variables genéticas, biológicas, contextuales y culturales, así como la evaluación específica de la eficacia y efectividad de las intervenciones, situación que puede resultar ser igual de costosa y que puede no encontrar las condiciones necesarias para su adecuada adopción (Degenhardt et al., 2016).

En Latinoamérica, la mayor parte de la evidencia científica relacionada con el consumo de alcohol se ha obtenido de estudios transversales derivados de encuestas en hogares y escuelas, así como de sistemas de vigilancia epidemiológica; estos esfuerzos aportan datos importantes en materia de epidemiología y salud pública que nos han permitido conocer dónde estamos situados. Sin embargo, la evidencia publicada sobre estudios en muestras clínicas es limitada, lo que supone la necesidad de instrumentar ensayos clínicos controlados que evalúen la eficacia de intervenciones preventivas y de tratamiento que respondan a las características de género, culturales y contextuales de los adolescentes; de la misma forma, es indispensable optimizar los pocos recursos disponibles. Las intervenciones que se hacen con mujeres adolescentes que abusan del alcohol deben considerar el abordaje de problemáticas que abarcan la violencia familiar, sexual y de género (Blom, Högberg, Olofsson, & Danielsson, 2014), así como la exclusión social y el estigma (Room, 2005), las conductas sexuales de riesgo (Castelo-Branco, Parera, Mendoza, Pérez-Campos, & Lete, 2014) y las condiciones genéticas y fisiológicas que implican una mayor vulnerabilidad y efectos crónicos más severos (Ward & Coutelle, 2003; Nilsson et al., 2011; Desrivières et al., 2011).

Entre los pasos para enfrentar todas estas necesidades de información –a través del aumento de la cantidad, la calidad y la pertinencia de la investigación científica en países de bajo y mediano ingreso– no solamente se requiere reforzar la capacidad de investigación (Patel, 2007), sino también incrementar la cobertura y la disponibilidad de los datos, mejorar los indicadores y las medidas en salud adolescente (Patton et al., 2012), y cerrar la brecha en la comunicación entre los tomadores de decisiones y los investigadores, con el fin de formular políticas públicas que apoyen la disminución de los problemas ocasionados por el consumo de alcohol en las mujeres adolescentes, en particular en aquellas más desfavorecidas.

REFERENCIAS

Blom, H., Högberg, U., Olofsson, N., & Danielsson, I. (2014). Strong association between earlier abuse and revictimization in youth. BMC Public Health, 14,715. doi: 10.1186/1471-2458-14-715

Booth, J. M., Marsiglia, F. F., Nuño-Gutiérrez, B. L., & García Pérez,M. (2014). The association between engaging in romantic relationships and Mexican adolescent substance use offers: exploring gender differences. Substance Use & Misuse, 49,(11),1480-1490. doi: 10.3109/10826084.2014.913627

Buzy, W., McDondald, R., Jouriles, E. N., Swank, P. R., Rosenfield, D., Shimek, J., … Corbitt-Shindler, D. (2004). Adolescent girls’ alcohol use as a risk factor for relationship violence.Journal of Research on Adolescence, 14(4), 449–470. doi 10.1111/j.1532-7795.2004.00082.x

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Foster, K. T., Hicks, B. M., Iacono, W. G., & McGue, M. (2015). Gender differences in the structure of risk for alcohol use disorder in adolescence and young adulthood. Psychological Medicine, 45(14), 3047–3058. doi:10.1017/S0033291715001014

Hall, W. D., Patton, G., Stockings, E., Weier, M., Lynskey, M., Morley, K. I., … Degenhardt, L. (2016). Why young people’s substance use matters for global health.The Lancet Psychiatry, 3(3), 265-279.

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Stockings, E., Hall, W. D., Lynskey, M., Morley, K. I., Reavley, N., Strang, J., ... Degenhardt, L. (2016). Prevention, early intervention, harm reduction, and treatment of substance use in young people. The Lancet Psychiatry, 3(3), 280-296.

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